Hoy es la tarde de solaz de las meidosems. Se suben a los árboles. No por las ramas, sino por la savia.
Totalmente agotadas, perderán en los ramos, en las hojas, los líquenes y los pedúnculos la escasa forma estable que tenían.
Ascenso ebrio, suave como jabón penetrando en la mugre. Velozmente en la hierbecilla, lentamente en los viejos álamos. Suavemente en las flores. Bajo la diminuta pero fuerte aspiración de las trompas de mariposas, dejan de moverse.
Luego descienden por las raíces hacia dentro de la tierra amiga, abundante en tantas cosas, cuando se la sabe conquistar.
Gozo, gozo que invade como invade el pánico, gozo como bajo una manta.
Después, hay que bajar al suelo a las crías de los meidosems que, desperdigadas, extraviadas en los árboles, no pueden desprenderse de ellos.
Amenazarlas, o incluso humillarlas. Entonces vuelven en sí, se las desprende con facilidad y se las trae de vuelta, repletas de jugo vegetal y de resentimiento.
Retrato de los meidosems, Henri Michaux