Pues me gusta la vida, le grité.
(Qué paradoja: estaba malhumorada y triste
y sin embargo me envolvía
en aires desenvueltos y festivos).
Levantó la nariz, sus pómulos de jade tersos
como los de una diosa asiática,
y me miró. En el lugar de los ojos
dos cavernas y al fondo,
entre destellos, las crines sangrantes
de un animal herido.
Tendió hacia mí una mano fuertemente cerrada.
Acércate, me dijo.
Lo hice. Abrió los dedos uno a uno:
nada, no había nada.
Luego tendió hacia mí la mano izquierda
y repitió la operación,
pero esta vez en su interior había
un diminuto insecto
al que la luz paralizaba.
Sopló. Su aliento era fuego en sus labios
de amianto.
¿Qué es la vida?, preguntó,
y dos piedras rodaron
para cerrar sus órbitas vacías.
Chantal Maillard, Poemas a mi muerte