Mientras



En suspensión. Como aguantando la respiración.
Pero no a la espera de. No. Mientras.




Lu-Tze y el tiempo



Lu-Tze no tenía ningún tiempo en absoluto. El tiempo era algo que por lo general ocurría a otra gente. Él lo contemplaba de la misma manera que se contempla el mar desde los pueblos costeros. Era enorme y estaba allí fuera, y a veces resultaba vigorizante meter en él la punta del pie, pero no se podía vivir en él todo el tiempo. Además, siempre le dejaba la piel arrugada.

Ladrón del tiempo, Terry Pratchett





Retrato (y 5)




             
Renuncia, pequeño meidosem.           
Renuncia, estás en plena pérdida de sustancia si persistes...

Retrato de los meidosems, Henri Michaux




Retrato (4)




Aquí, una llanura ondulada abalanzándose hacia el meidosem que se detiene, estupefacto, soltando su trabajo, en el que estaba no obstante muy empeñado, soltándolo todo para obedecer a esta fatal fascinación.
Los elásticos de su ser se tensan, se dilatan.
Puede que no sea tan peligroso como parece.

Retrato de los meidosems, Henri Michaux


Retrato (3)



Muda en cascadas, en fisuras, en fuego. Ser meidosem es mudarse así en visos cambiantes.
¿Por qué?
Por lo menos, no son llagas. Y ahí va el meidosem. Mejor reflejos y juegos de sol y de sombra que sufrir, meditar. Mejor cascadas.

Retrato de los meidosems, Henri Michaux


Retrato (2)



Esta joven meidosem es toda oriflama. Su rostro sólo dice "Contemplad mis oriflamas". Y son tan nítidas que es una gozada y que uno piensa "¿Quién será esta meidosem porta-oriflama?", porque son, aunque ella no lo sepa, oriflamas que no significan nada.
Bajo ellas, aquél que esté destinado a verlo podrá contemplar otra cosa que ni siquiera ella adivina, ocupada como está en su pavoneo.

Retrato de los meidosems, Henri Michaux


Retrato (1)




Hoy es la tarde de solaz de las meidosems. Se suben a los árboles. No por las ramas, sino por la savia.
Totalmente agotadas, perderán en los ramos, en las hojas, los líquenes y los pedúnculos la escasa forma estable que tenían.
Ascenso ebrio, suave como jabón penetrando en la mugre. Velozmente en la hierbecilla, lentamente en los viejos álamos. Suavemente en las flores. Bajo la diminuta pero fuerte aspiración de las trompas de mariposas, dejan de moverse.
Luego descienden por las raíces hacia dentro de la tierra amiga, abundante en tantas cosas, cuando se la sabe conquistar.
Gozo, gozo que invade como invade el pánico, gozo como bajo una manta.
Después, hay que bajar al suelo a las crías de los meidosems que, desperdigadas, extraviadas en los árboles, no pueden desprenderse de ellos.
Amenazarlas, o incluso humillarlas. Entonces vuelven en sí, se las desprende con facilidad y se las trae de vuelta, repletas de jugo vegetal y de resentimiento.

Retrato de los meidosems, Henri Michaux




La hora del té



...o un instante poético detenido en el tiempo.


La patinadora



Shizumareba
nagaruru ashi ya
mizusumashi

-Taigi-



Cuando el río se amansa
las patas de las arañas de agua
fluyen por su superficie



-Traducción de Vicente Haya-





El Señor de las moscas




Ushi mô- mô-
mô to kiri kara
detari keri


-Issa-



Mu, mu, mu
(de a poco emerge
de la niebla una vaca)


-Traducción de Alberto Silva-

El encuentro



Deru tsuki to
iri-hi no ai ya
Aka tonbo


-Nikyû-



En el encuentro
entre la luna que sale y el sol que se pone,
las rojas libélulas

-Traducción de Vicente Haya-



Pues




Pues me gusta la vida, le grité.

(Qué paradoja: estaba malhumorada y triste
y sin embargo me envolvía
en aires desenvueltos y festivos).

Levantó la nariz, sus pómulos de jade tersos
como los de una diosa asiática,
y me miró. En el lugar de los ojos
dos cavernas y al fondo,
entre destellos, las crines sangrantes
de un animal herido.
Tendió hacia mí una mano fuertemente cerrada.
Acércate, me dijo.
Lo hice. Abrió los dedos uno a uno:
nada, no había nada.
Luego tendió hacia mí la mano izquierda
y repitió la operación,
pero esta vez en su interior había
un diminuto insecto
al que la luz paralizaba.

Sopló. Su aliento era fuego en sus labios
de amianto.
¿Qué es la vida?, preguntó,

y dos piedras rodaron
para cerrar sus órbitas vacías.


Chantal Maillard, Poemas a mi muerte



...





...mirando en el corazón de la luz, el silencio.


T.S. Eliot, La tierra yerma

Esfínter



Suele ocurrir también
que, sostenido aún en movimiento,
alguien caiga
en la abertura del pánico. Es
por efecto del vértigo que arrastra
como un esfínter los bordes
de la abertura. Su tiempo, entonces,
queda detenido. En el
pánico.

Hilos, Chantal Maillard


Cuando




Cuando mi voluntad rompa sus amarras, moriré:
Benditos seáis, vida, muerte,destino mío.

Edith Södergran


fotos by raticulina

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